miércoles, 24 de agosto de 2011

Campeon significa ganarle a oponentes de clase


Por Andrés Pascual



      Debido al rosario de organizaciones regentes, a sus respectivos rankings y a las 13 divisiones en discusión, se puede decir que el boxeo profesional es un fraude mayor que creer que Che Guevara fue “un romántico idealista preocupado por el futuro de los pobres…”

      Hoy a cualquier campeón, con el beneplácito del propio “monarca”, le evitan el enfrentamiento en el que se le quiere ver, que puede ser otro campeón; o un clasificado de posibilidades de la lista inservible que nunca disfrutará del momento de fama y alguna fortuna por la conveniencia de la promoción. ¡Esos pobres obreros de las clasificaciones, para los que no hay leyes que obliguen al respeto de ellos mismos por el relajo de los escalafones, que no se mueven con sus victorias y que salen de la lista cuando al que las confecciona le venga en ganas…!

      ¿Cómo es posible que un tipo se vaya bajo anuncio de retiro y regrese después a una pelea titular de un peso superior o pactado en el nuevo estilo de la fábrica de dinero, que no existe en reglamentos oficiales (peso a conveniencia), sin lograr en el ring el derecho a la pelea? A veces no es a un pleito por el campeonato, sino especial, con igual irregularidad en el peso y con más publicidad, más dinero y más falta de respeto que las titulares con las que completarán el programa.

       Pocos boxeadores de hoy, de esos que ridículamente llaman “megapeleadores”, están dispuestos a enfrentar a un contrario difícil contra el que no han peleado; o a ofrecerle la revancha al retador que les hizo un pleito parejo en la primera oportunidad. No, eso es propiedad exclusiva de un pasado magnifico, de la era cuando para boxear, brillar y coronarse o no, había que ser boxeador de verdad “de las zapatillas al pelo”. Por eso Maravilla Martínez, Bernard Hopkins, Shane Mosley o los pesos pluma mejicanos como Juan M Márquez, Barreras, Morales y José L Castillo tienen asegurado su lugar en el Salón de la Fama, porque son parte de lo poco comparable “al buen tiempo ido” en los últimos 10 años que nunca han evitado el compromiso oficial por difícil que fuera.

      Entonces dos pugilistas se enfrentaban las veces que lo exigiera el fanático, que tenía voz para hacerlo y era tomado en cuenta por apoderados y promotores en todo el carácter de su importancia como parte fundamental del éxito de la cartelera.

      Las series Armstrong-Ambers, Armstrong-Arizmendi, Robinson-LaMotta, Zale-Graciano, Pep-Sadler, Cocoa Kid-Holmar Johnson o Luis Manuel Rodríguez-Emile Griffith, verdaderos clásicos del boxeo, eran más interesantes cada vez por la ferocidad y la clase técnica de la disputa.

      Hoy los representantes de los boxeadores temen una derrota del protegido y, en los anales de Fistiana, verdaderas luminarias del ring perdieron en su primera pelea, en la primera y en la segunda; o, entre la primera y la décimo-quinta no una, sino hasta tres veces.

      No había miedo a enfrentar a nadie, los boxeadores eran mucho mejores, el nocao técnico no se empleaba con la frecuencia, que es miedo del referí, con que se decreta hoy y el público no le retiraba la confianza a un pugilista por una pelea perdida; hoy lo cuestionan si le dan un knockdown, aunque se pare y gane después por fuera de combate y hay más de 50 casos en los últimos 20 años, con la mácula de la asimilación o debilidad mandibular como estigma implacable y presente en toda su carrera.

       Todo es un fraude, pero el mayor es la llamada megapelea, porque para pleitos de superior envergadura se necesitan dos contrincantes de igual clase profesional y, en los últimos 15 años, muy pocas de estos paquetes, fabricados para estafar al público, presentan dos oponentes de similar calidad moral y deportiva como para calificar de buena la inversión increíble del PPV o de la entrada a la Arena.

       Da lo mismo Holyfield que Pacquiao, el PPV está presente hasta para algunos que, hace solo 30 años, no podían ser preliminaristas en la Arena San Nicolás de Nueva York…y oiga o lea la publicidad que les hacen, superior a las de Robinson, Jack Dempsey, Marciano o Joe Louis juntas.

       ¿Tendrá solución el problema del boxeo actual? Nadie sabe: ni si habilitan Dubai como la próxima Catedral del Boxeo ni si regresa triunfalmente al Garden la estelaridad que brilla por su ausencia ni si continúa “la megapelea” en los “megaestadios” del país…

       El fanático pudiera obligar a cambios que hagan algo por contener la corrupción moral y material; sin embargo, cualquier pelea de Pacquiao, de Mayweather jr. incluso de Holyfield, se compra con la avidez con que pudiera recibir un pan con bistec y una botella de agua un ciudadano de un país del Cuerno Africano o de Sudán.

       El público de hoy está preparado para que le roben y consciente, no ciego, ante el chantaje y la extorsión de que es objeto. La forma como explotan el nacionalismo o el regionalismo los promotores, “las campañas de odio” que orquestan, son un obstáculo para que “el respetable” se resista a jugar un papel de importancia a su favor.

       Por los estudios de mercadeo, los responsables de esta falta de respeto monumental saben que pueden seguir acabando con este deporte y sacándole el dinero del bolsillo al fanático. Sin complejos de culpabilidad, hasta que no entierren al pugilismo no paran.




























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